UN-ARSENAL-EN-EL-ARMARIO
Sergio Belmonte

Cambio la mía – Sergio Belmonte

Nací en Murcia una fría noche de diciembre de 1985. Vine al mundo en el seno de una familia tradicional española que me hubo de amar conforme al entendimiento que tenían del amor que debían darme junto a los cuales crecí con el anhelo de hacerles sentirse orgullosos de la persona que poco a poco se iba formando en mí.

Pasaron los años de mi infancia y como todo buen joven que se precie comencé a dar mis primeros pinitos en el mundo laboral. Deambulé de aquí para allá sin encontrar nada que diera sentido a mi vida hasta que llegado a la veintena una de las decisiones más importantes hasta el momento me hizo encontrar un hueco en mitad de esta sociedad tan demandante. Contra todo pronóstico, pues nadie en mi familia había hecho algo similar, me alisté en las Fuerzas Especiales de mi país a las que entregué los mejores años de mi juventud. Viviendo con el ideal del servicio a mi patria arraigado en lo más profundo de mi corazón aprendí a servir, sufrir por los míos, ayudar a los que me necesitan y arriesgarlo todo a cambio de nada si acaso se daba el caso. Viajé a lugares peligrosos donde la muerte acechaba en cada rincón, donde las palabras descanso o seguridad eran algo que no siempre estaba asegurado y donde el anhelo de regresar a casa con los míos era constante.

Primero de mi promoción en conseguir la deseada “boina verde” señal de reconocimiento y distinción en las Fuerzas Especiales, primero de mi especialidad cuando ascendí por primera vez y primero en tantas y tantas otras cosas hicieron que ese joven fracasado en los estudios creyese que era una persona especial, nacido para ser diferente del resto, nacido para ser “mejor que los demás”. Quizá saltar desde tan alto hizo que perdiera la perspectiva de quien camina por el suelo, la humildad no halló morada en mí y en su lugar la soberbia construyó su palacio de marfil.

Viví como tantos jóvenes hoy día, rara era la disolución en la que no me encontraba inmerso; amé como el mundo me había enseñado a amar, amontoné posesiones y solo me cuidé de no perderme ni un solo minuto de vida, disfrutando de la ilusión placentera de decir que sí a todo. La vida marchaba a toda velocidad y poco pensaba por aquel entonces en qué sería de mí más allá del tiempo que se nos ha dado.

"Doy gracias al Señor Jesucristo por su obra en mí"

Cierto día comencé a ir a la iglesia más “obligado” que entusiasmado y allí fue donde por primera vez escuché hablar a los hombres sobre quien es Jesús. Desde el principio encontré interés en las enseñanzas de aquellos pastores ya que en cierto sentido, sus palabras tenían coherencia. Si bien es cierto que seguía caminando dentro de una burbuja de incredulidad, el amor con el que esas personas se trataban me sorprendía y la pasión con la que hablaban de Su Salvador no me parecía menos que admirable.

Como a uno más de la familia, fui recibido con los brazos abiertos sin que nadie me juzgase en apariencia, forma de hablar o estilo de vida y eso generó atracción en mí, tenía que conocer qué o quién era lo que hacía que estas personas fueran distintas. Pasados los días, fui invitado a una reunión en la casa de unos hermanos donde alguno de ellos compartió conmigo una fracción de la Biblia.

Ya había oído hablar de Jesús el Señor en otras ocasiones, despertando en mí más o menos interés, de hecho, yo mismo creía ser un siervo fiel aun a pesar de vivir una vida disoluta y según mi creencia tenía la salvación asegurada.

Cada vez que me miraba en el espejo y de alguna forma introspectiva veía cómo estaba mi relación con Dios no podía sino sentirme orgulloso de quien era; y no solo eso sino que estaba convencido de que Dios compartía conmigo ese sentimiento. Nadie me había advertido, o si lo hizo no le presté demasiada atención, de lo equivocado que estaba, de lo ciego que había sido todos aquellos años y de lo perdido que me encontraba aun creyéndome en la cima del mundo. Ese día todo cambió.

Ese día, cuando nos dispusimos a cerrar nuestros ojos para orar, pude sentir algo que nunca había sentido con anterioridad, algo diferente que pronto captó mi atención. Como una mezcla de sentimientos contradictorios mi intelecto batallaba con mis emociones y por un instante era como si estuviese una vez más delante de ese espejo en el que introspectivamente trataba de comprobar como estaba mi relación con el Creador.

En esa ocasión, el panorama era bien distinto. Allí, delante de mí podía ver quién era yo realmente y como era mi vida y mi relación con Dios. Mi corazón pudo sentir el tremendo dolor que había causado a Dios con mi forma de vivir hasta el momento, cómo había cuidado tan poco la vida que Él me había dado y lo mal que obré contra tantas y tantas personas por haber sido egoísta, vanidoso o querer sobresalir en un entorno cultural plagado de suciedad.

Qué paradójica puede llegar a ser la vida. Siempre había tratado de “ayudar a los demás” y ahora no era capaz ni tan siquiera de ayudarme a mí mismo.

Perdido y sin rumbo, hallado con los pies hasta el fondo en el fango más viscoso, no encontraba la forma de limpiar todo aquello que había hecho en el pasado ni de enmendar los errores de toda mi vida. Desesperado y llegado al punto en el que la frustración alcanza su máximo esplendor, cuando mi cara era un mar de lágrimas y apenas quedaban fuerzas en mí para seguir sintiendo conmiseración de mi persona, algo comenzó a darme paz.

Fue entonces cuando el mensaje del perdón de Jesús comenzó a cobrar sentido para mí y a hacerse carne en mi persona. Es difícil expresar con palabras lo que uno siente en esa situación pero he de ser sincero cuando digo que es increíble.

Aquel día conocí a Jesús y le pedí perdón por aquello que en mi pasado hice y que tanto daño había ocasionado a Su corazón y desde ese momento, la paz que viene de Él nunca me abandonó.

Hoy, pasados varios años, mi vida es otra. Amo a Dios y amo vivir como Él nos enseña en la Biblia; amo de una forma diferente a mi familia y amo a las personas que están a mi alrededor como nunca antes había tenido interés de amar. Amo a mis compañeros y amo la oportunidad de poder hacer bien las cosas y aunque aún hay muchas cosas que Dios y yo vamos trabajando dentro de mí, amo la vida que me ha dado.

Hoy, dejado atrás aquel muchacho que creía vivir en la cima del mundo, vivo con la ilusión y la esperanza certera de que un día todas aquellas cosas que traen dolor y desesperanza a este mundo tan necesitado de misericordia tendrán su fin y el tremendo amor de Dios para con Sus hijos será el nexo de unión entre todos aquellos que hemos creído en Él y que junto a Él viviremos por la eternidad. Ojalá estas palabras sirvan para que aquellos que un día se vieron en la cima del mundo puedan conocer que sin Dios en sus vidas su cima no es sino un lodazal y que todo esclavo cuyo pie se halle en el cepo de la influencia y el pecado societal puedan recibir la misma libertad y perdón que yo mismo experimenté en Jesús.

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